reconoce sus orígenes

fuente: paremos el acoso callejero

"¡Estoy harta!"

El título habla por sí solo.

Bertha Prieto Mendoza

Publicado: 2016-02-03

Me han acosado todo el día. Desde "mamasita", "qué rica estás", "qué buenas piernas", hasta "te quiero cachar" y "te agarro y no te suelto". Lo mismo ayer, anteayer, y el día anterior a anteayer. Lamentablemente, este tipo de frases, gestos, y sonidos, son parte del día a día (sobre todo si vas a todos lados en bici). Pero hoy no aguanté. Llegué a la heladería donde había quedado con una amiga y le conté todo lo que me habían dicho. Me desquité, le dije que estaba harta. Discutimos un rato acerca del tema. Ella vive en Brasil, así que hizo la comparación. "Acá es increíble", me dijo. "Acosan demasiado." 

Salimos de la heladería y siguió siendo nuestro tema de conversación. Mientras lo discutíamos, un chico nos silbó. Renegamos y seguimos caminando. Justo después de cruzar la avenida Brasil, ya llegando a la panadería Elia, un taxista dijo: "Yo te llevo, mamita, deja la bicicleta", y se fue. "¡¿Puedes creerlo?!"- le dije a mi amiga. "¡Es un imbécil!". No había terminado de decir la palabra cuando uno de los trabajadores de la panadería, asumo que repartidor porque estaba afuera al lado de las motos, silbó mientras me miraba de arriba a abajo. "¿¡QUÉ!?", le dije mirándolo. "¡QUÉ TE PASA!", continué. Estaba con dos hombres más que también miraban haciendo gestos sexuales. Toda la escena nos decía que no era tan buena idea hacerles el pare ahí: eran dos veces más grandes, la calle que cruzaba no estaba tan iluminada, y no teníamos con qué defendernos. Seguimos caminando.

No habíamos caminado ni 6 pasos cuando escuchamos que se empezaron a reír. Me importó poco si eran más grandes, si la calle no estaba iluminada, o si no tenía con qué defenderme. Dejé la bicicleta, di media vuelta, caminé hacia donde estaban, sentí como toda mi cara se ponía roja del coraje, me puse frente al que había silbado y le dije: "¡¿Te estás riendo?!".

"No", me dijo. Los tres se dejaron de reír y se pusieron serios. "¿Cómo que no?", le dije. "Se han estado riendo", continué. "¿Tú trabajas aquí?", le pregunté (todo esto molesta y apretando los puños de la impotencia). "Sí", respondió. Los otros dos, calladitos. "Perfecto. Mañana mismo vengo a hacer la denuncia", dije cortante. Le di la espalda, avancé cuatro pasos, y dijo "ya", con actitud de "en realidad me llega altamente".

Ah, no. Me asé. Volteé y le dije: "¡¿Ya?!" y alzó los hombros como diciendo que no le importaba. "¡PERFECTO!", terminé. Agarré la bici, vi que la panadería tenía cola hasta afuera, traté de respirar, y me convencí de que la mejor idea era regresar mañana. Acompañé a mi amiga, se fue, y solo tres cuadras más allá un tipo me mandó un beso volado desde su carro. "¡ESTOY HARTA!", le grité. Me salió del alma.

Seguí montando bici y me acosaron dos veces más hasta que llegué a mi casa. Las dos veces les hice frente pese a todo lo que había pasado. Porque he aprendido que en esta ciudad, en este país, en este continente, en este mundo, si eres mujer y te callas la boca, alimentas la violencia que se construye alrededor de ti. Tienes que hablar, gritar, joder, quejarte, caer pesada si es necesario. Si no, es como si les dijeras que no importa, que está todo bien, que en realidad no te molesta tanto. Así que siguiendo mi propio consejo, mañana voy a ir tempranito a la panadería Elia (la de Magdalena) a poner mi reclamo y a pedir los datos del señor que me acosó para hacer la denuncia. Eso es exactamente lo que espero que ustedes hagan la próxima vez que alguien se atreva a faltarles el respeto.


Escrito por

Bertha Prieto Mendoza

Feminista, activista, socióloga. Twitter: @Berparacreer


Publicado en

Con-sentido

¿No les pasa que quieren decir algo y no saben cómo hasta que lo escriben? Ya, así, igualito.